De la culpa impuesta a la libertad real
Hay algo profundamente mal en cómo nos enseñaron a creer.
Nos hablaron de un Dios de amor… pero nos educaron a tenerle miedo.
Nos dijeron “ten fe”, pero nos prohibieron pensar.
Nos invitaron a servir, pero nos hicieron sentir indignos.
Nos dijeron que si dejábamos de congregarnos, Dios se apartaba.
Que si no obedecíamos al líder, estábamos en rebeldía.
Que si fallábamos, Dios se alejaba.
Nos hicieron creer que prosperar era carnal, que cuestionar era pecado, y que cuidar tu salud mental era “falta de fe”.
Y así, millones de creyentes viven hoy con un conflicto interno que nadie quiere admitir:
aman a Dios, pero temen acercarse a Él.
Algunos siguen asistiendo por miedo a ser señalados.
Otros dejaron las bancas, pero todavía cargan la voz de su antiguo pastor en la cabeza. Muchos oran, pero sienten que oran con culpa, como si debieran pedir permiso para ser amados otra vez.
No porque hayan perdido la fe, sino porque confundieron a Dios con las reglas de los hombres. Y ese tipo de fe —la que nace del miedo y la culpa— no sana, solo deja cicatrices invisibles.
Pero aquí está la verdad que cambia todo:
Jesús nunca fue religioso.
No vino a crear sistemas, vino a liberar corazones que alguna vez fueron esclavos de la culpa.