Dios no se ofende si le reclamas en medio del dolor
Está escrito en el Salmo 22 y Jesús lo citó desde la cruz. No me creas: ábrelo y compruébalo.
Hay algo que pasa después de una desgracia y de lo que casi nadie habla.
Primero viene el golpe. Después la oración — desesperada, sin forma, de esas que uno hace apretando los dientes. Y cuando no pasa nada, viene el enojo.
Y detrás del enojo, casi de inmediato, llega la culpa.
Porque uno se enoja con Dios y a los tres segundos ya se está disculpando. Perdóname, Señor, no debí pensar eso. Como si reclamarle fuera una traición. Como si la fe consistiera en sonreír mientras uno se derrumba.
Quiero escribirle hoy a alguien en particular.
Al que esta semana se quedó sin casa. Al que enterró a alguien y todavía no lo asimila. Al que salió vivo pero salió roto, con un cuerpo distinto al que tenía hace ocho días. Al que perdió en una tarde el trabajo de toda su vida. Al que está en un hospital, o afuera de uno, esperando noticias.
No importa en qué país estés leyendo esto. El dolor no necesita traducción.
Y si hoy estás bien, quédate conmigo de todos modos. En algún momento te va a tocar acompañar a alguien que no lo está.
Te cuento de dónde salió lo que vas a leer. Llevaba años pasando por encima de este salmo sin ver lo que tenía enfrente. Me lo hizo notar mi papá: me lo puso delante y me fue mostrando el hilo que lo atraviesa de principio a fin. Salí de esa conversación y me senté a estudiarlo.
Lo que encontré no es una idea bonita. Es un texto que puedes abrir ahora mismo y comprobar por tu cuenta.