Cuando el corazón se cansa: el susurro que lo restaura
Durante años, a muchos creyentes se les ha enseñado —a veces desde el púlpito, otras de forma más sutil— que un cristiano verdadero no se quiebra.
Que no se cansa.
Que no se deprime.
Que no duda.
Se nos repite que la tristeza es falta de fe, que el agotamiento espiritual es señal de pecado oculto y que la debilidad emocional “no viene de Dios”. Bajo esa lógica, el creyente ideal siempre está fuerte, disponible, sonriente y espiritualmente productivo.
Pero esa imagen no nace de la Biblia.
Nace de la religión.
Cuando leemos las Escrituras sin filtros institucionales, sin frases prefabricadas y sin miedo a lo que el texto realmente dice, descubrimos algo profundamente confrontador: los hombres y mujeres que Dios llamó no fueron emocionalmente invencibles ni espiritualmente impecables.
De hecho, algunos de los más usados por Dios atravesaron momentos de miedo, agotamiento extremo, soledad profunda y deseos de rendirse.
Uno de ellos fue Elías.
Y lo verdaderamente incómodo de su historia no es que un profeta poderoso se haya quebrado…
sino que Dios no lo rechazó por eso, no lo corrigió por eso y no lo descalificó por eso.
La pregunta entonces no es si Elías falló.
La pregunta es:
¿por qué hoy se exige una perfección que Dios nunca exigió?
