Cómo identificar a los verdaderos creyentes en el Señor
Hay una pregunta que casi nadie se atreve a formular en voz alta —porque incomoda, porque confronta y porque rompe muchos discursos religiosos bien maquillados—:
¿Y si el problema del cristianismo actual no es la falta de fe… sino la falta de evidencia?
Nunca antes se había hablado tanto de Dios.
Nunca antes hubo tantas opiniones “bíblicas”.
Nunca antes hubo tantas personas defendiendo su verdad con tanta seguridad.
Y, sin embargo, nunca había sido tan difícil ver reflejadas en la vida diaria las cualidades más básicas que el Nuevo Testamento describe como señales de una fe auténtica.
No hablo de perfección.
No hablo de juzgar quién entra o no entra.
Hablo de algo mucho más serio: coherencia entre lo que se cree y lo que se vive.
Porque cuando una fe necesita imponer, controlar, señalar, discriminar o vigilar la vida ajena para sostenerse…
cuando se vuelve agresiva, rígida o moralmente superior…
cuando produce más miedo que transformación…
entonces vale la pena detenerse y preguntar con honestidad:
¿Eso es realmente lo que Jesús y los apóstoles llamaron fe?
El pasaje que vamos a desglosar no fue escrito para alimentar debates religiosos,
sino para exponer —con claridad incómoda— cómo se reconoce a un creyente verdadero, no por lo que dice, sino por lo que desarrolla, ejercita y demuestra con el tiempo.
Y quizá por eso…
es un texto que muchos prefieren no mirar de frente.
